Cada 5 de noviembre, desde 2014, se conmemora el Día Internacional de las Personas Cuidadoras. Este día sirve para reconocer a aquellas personas, que ya sea de forma profesional o como apoyo familiar, se dedican al cuidado de personas en situación de dependencia personal (por motivos de edad, enfermedad o situación de discapacidad) para satisfacer las necesidades básicas y contribuir a la mejora de su calidad de vida.

Para celebrar el Día Internacional de las Personas Cuidadoras durante esta semana han tenido lugar diferentes talleres conjuntos con enfermos y cuidadores en el Hospital de Día Sant Llàtzer, para trabajar la estimulación cognitiva, la creatividad y la psicomotricidad. La semana pasada se llevaron a cabo diferentes talleres informativos en el Hospital de Día Sant Jordi

Glòria Chico, psicóloga y coordinadora del Servicio de Valoración de Dependencias y Discapacidad del Hospital Sant Llàtzer, nos explica que un alto porcentaje de las personas cuidadoras «son familiares de primer grado (cónyuge, hijos) con tendencia al perfil femenino. También existe un porcentaje más reducido de personal contratado de forma privada o de atención de personas que forman parte de un programa de voluntariado»

Las tareas que llevan a cabo estos cuidadores están centradas en «las necesidades de cada persona, como el acompañamiento en las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria (control y/o administración del tratamiento farmacológico, preparación de alimentos , cuidado de la higiene personal, preparación de comidas, acompañamiento y seguimiento de las visitas médicas…). Hay que decir que el cuidador/a también ofrece un gran apoyo psicosocial»

Montse, esposa y cuidadora de Josep, un usuario del Hospital de Día Sant Llàtzer, nos relata que su marido tiene demencia y problemas de huesos desde hace unos siete años. Ella nos dice que antes «hacía de todo, estaba muy fuera de casa pero ahora no me voy más de una hora para no dejarlo solo. Los miedos son míos, él está tranquilo y se queda viendo la tele, pero yo no estoy tranquila dejándolo solo.» Aunque tienen el hijo y la joven junto a casa, Montse confiesa que le cuesta mucho pedir ayuda. «Me cuesta delegar.» Sin embargo, da gracias por estar rodeada de gente que miran por Joan y lo cuidan.

Montse, con los años, va dándose cuenta del deterioro de su marido, aunque «tiendes a recordarle cómo era antes y te enfadas cuando se pone terco o no hace lo que le dices que haga. «Tengo que aprender a saber que no está bien y adaptarme», afirma.

Montse, con lágrimas en los ojos, concluye que es peor la desazón que nada más. «Físicamente vamos haciendo, lo que llevo peor es el tema emocional». Y es precisamente para apaciguar esta inquietud que, de vez en cuando, recibe la visita de un psicólogo de familia. «Hablar con él me da ánimos, me desahogo.»